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Dice apremiante la primera
voz que comience el cuento;
la segunda no nos reclama
lógica de argumento
y nos acucia la tercera
con anheloso acento.
Estos versos se hallan en el prefacio de Alicia en el país de las maravillas, en mi vieja edición del año 1942. Son versos que aprendí de memoria siendo niño y que están en la raíz de las primeras aventis que escuché o conté en las
calles de mi barrio durante la postguerra. Los escribió un hombre discreto y de gustos austeros llamado Charles
Lutwidge Dodgson, mundialmente conocido como Lewis Carroll y nacido el 27 de enero de 1832 en la casa parroquial
de Daresbury, en Cheshire, Inglaterra. Fue clérigo de la Iglesia Anglicana y estirado profesor de matemáticas, pero su
rasgo más distinguido fue su afición a las niñas y su gusto en fotografiarlas y entretenerlas con cuentos y adivinanzas.
En 1863 elaboró una lista de 107 niñas que pensaba fotografiar, siendo la más famosa de ellas Alice Liddell de la que tomó el nombre para su inmortal y maravillosa obra. En 1933 Norman Z. McLeod dirigió la cuarta versión cinematográfica del original de Carroll sobre un guión de William Cameron Menzies y Joseph L. Mankiewicz, con colaboraciones especiales de Gary Cooper y Cary Grant. Pero la película que alcanzó más amplia resonancia y mejor acogida, por parte del mundo infantil sobre todo, no estuvo habitada por seres de carne y hueso: fue la diseñada y producida por Walt Disney en dibujos animados.
Se trata de una de las obras más dignas del actualmente denostado creador del ratón Mickey, aunque no logró el éxito de otros productos de la factoría basados igualmente en relatos famosos, como Pinocho, Blancanieves y los siete enanitos o La cenicienta, porque Disney no estaba ciertamente dotado para captar en todo su maravilloso esplendor el sentido del humor peligroso, casi malsano, de la obra (el episodio de «El cerdo y la pimienta», por ejemplo, lo pone de manifiesto), y el talento excéntrico que despliega Carroll mediante sus parodias, sus disparates fantásticos y su gusto por los juegos de palabras, chistes, acertijos y sorpresas de toda índole.
Sin compartir totalmente la tendencia actual a condenar en bloque a Disney y a sus criaturas de colorines animados (el veredicto más severo ha sido el de Rafael Sánchez Ferlosio: «Walt Disney es el gran corruptor de menores y la mayor catástrofe estética, moral y cultural del siglo xx»), sí hay que decir que la Alicia más auténticamente transgresora y el más autentico País de las Maravillas perviven en el libro genial de Lewis Carroll.